Sentado en una banqueta, esquivando el vapor de una detestable y precaria maquina de café.
No me queda más remedio que aplacar la ansiedad moviendo la punta de los zapatos de invierno, procurando que el talón se mantenga firme en el apoya pies.
Todo parece estar igual que ayer, ante ayer y siempre, los diarios yacen en el revistero, la gente tiene las manos ocupadas en sus tazas buscando el calor, calor que las noticias no pueden dar.
Lavé mis manos un millar de veces, pero la sangre no se quita tan fácilmente. Puede que no esté ahí, pero se ha instalado en los recuerdos, en el paladar, en la nariz y en la memoria, memoria impactada de ver los dedos escarlata donde siempre fueron morenos.
Con cada latir del reloj, me vuelvo hacia la cocina, te veo tan relajada, como si fueras ajena a la presión de mis ojos en tus hombros, en tu cuello.
No das crédito al tiempo que estoy perdiendo, como así tampoco a la persecución que me aterra y me hace frotarme los dedos como una mosca, como si estuvieran sucios, como si tuviera el barro que tenía de niño al jugar en el patio.
Me entretengo viendo como el vapor se hace liquido contra las paredes frente a ti, de repente esa condensación se contamina con la mugre de las paredes, y desciende para aportar su grano de arena a la humedad que se esconde debajo de esa bacha.
Detiene mi trance observador un mosquito que ha encontrado en mi pasividad un dulce dador de sangre, pero al desviar mi atención veo alguien tirado en la calle, han desviado el tránsito y asisten a un ciclista atropellado.
Me siento desalmado y desgraciado cuando enuncio para mis adentros que ahora entiendo porque había tanta paz y tanta tranquilidad.
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