De paseo
Quién puede cuestionar la felicidad ajena por más idiota que parezca?
La luz del sol alcanza para delimitar calles y productos, los ruidos conforman una sinfonía fuera de lo común, dirigida por todos los actores inmersos en ese escenario, a cada segundo, minuto y hora.
El canto de los pájaros acallado por el bullicio de las conversaciones variopintas de cada ser que recorre la calle, conversaciones de todo tipo, desvelo de la noche anterior, locuras, hechos singulares, encuentros fascinantes y risas auténticas repletas de endorfinas.
Pero si hay algo que no puede faltar, es la sorpresa por algún artículo.
Puede que el puestero coloque cada cosa en su mismo lugar. Pues, para qué va a molestarse en reorganizar y permutar lo que vende si ya ha ganado una costumbre.
Pero para quien camina por primera, segunda o tercera vez, la sorpresa es sin dudas el factor más auténtico y difícil de conseguir.
En un mundo cada vez más calculado, rutinario y extremadamente aburrido, la espontaneidad y la sorpresa vendrán a rescatarnos para mantener activo nuestro cerebro.
Las ocurrencias de los vendedores, descolocando al comprador con tintes serios y por momentos entretenidos, lograrán ser la onda de radio que desentone el día de quién escucha, podrán ser el pico que altere la estadística, o simplemente el latido que despierte el corazón.
Ya que la depresión ha logrado socavar los más obstinados corazones y derribar las muecas más explosivas y ascendentes, benditos serán no las vanas ilusiones, sino las más curiosas sorpresas y objetivos.
El arte de lo impredecible.
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