Dejado, olvidado en el ápice de ese viejo sauce llorón.
Desquiciado como el óxido de la pipa vieja de Pedrito, pero con memorias de tantas noches tirando futuro, pulmón y años de vida.
Más triste que lágrima a punto de evaporarse, que oveja esperando el matadero, que niño con enfermedad terminal.
Tenía los días contados, como los pelos que le quedan a Juan, como el gusano de una manzana, como hojas a un árbol de otoño.

Ya no rebosaba de tal juventud como para creerme infinito, no me tragaba el cuento del tío; solo las historias de mí abuela, que se hicieron pedazos de aire a destiempo, luego flores en la higuera.
Qué insignificante se hizo ese humo negro, se esfumó en la atmósfera, se mezcló el odio de la industria y el paso del tiempo con el suspiro de un niño, o de una pareja en celo, todo se hizo uno sobre nuestras cabezas, a kilómetros de dónde llega la vista, una suerte de horizonte vertical, informal, una mezcla heterogénea que se vuelve lágrima al estallar el hongo radioactivo y se hace invierno en verano, cosa de no creer.

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